Una brillante calva sobresalía cual el último huevo tras la puerta de la heladera por sobre el mullido respaldo de un sillón blanco.
Afuera, el mundo seguía su rutinario e imbécilmente maravilloso curso, pero él ignora el significado de los pasos apresurados y el tránsito alienante de la avenida.
“… Yo no tengo prisa por morir, la sociedad corre ya sin recordar su rumbo sin saber a donde va, solo corre…” Decía.
“… La gente lucha día a día por aprender un poquito más y así, viven por vivir preocupándose por lo material e ignoran que aprender a vivir les cuesta la vida…” Seguía.
Edelmiro pensaba pachorriento; leía, escuchaba música y jugaba ajedrez solo.
Eran las tres y media de la tarde, se sentía pesado y el relax que la anatómica forma del sillón le proporcionaba, parecía succionarlo hacia otro mundo.
Y pasó la tarde, y en la radio escuchó estúpidos saludos y tecno-music y a Ricky Martin y a Pugliese; y la música ya no era distinta al tan esperado sonido que tiene el silencio, por más mala que fuera ya no la oía.
Y pasó la noche, ya la gente iba a sus trabajos, eran las siete y media y nadie prestaba atención a los cúmulus naranja-bermellón de ese amanecer… Manejaban uno tras otro, uno tras otro, uno…
De pronto, los autos se fusionaron en una gran masa incolora con leves tintes plomizos, amorfa e inconsistente cual un barril de yogurt derramado sobre una hoja de vidrio de cien metros cuadrados….
Y los pocos hombres alados que quedaban aún, vagando por los aires cual aves migratorias ya con camisas, caían abruptamente y se estrellaban contra el pavimento al oír los titulares del día:
“ …Atentado en la AMIA…”, ¡¡Crashhh!!. Plumas de colores y unos horribles charcos de sangre por todos lados, por todos lados, por todos…, por favor…
Y pasaban los días, y una mano gentil rascaba la imponente cabeza de espejo.
Edelmiro nunca se pregunta si es suya, pero agradece con una sonrisa y sus ojos cerrados.
“… Y ¡hay que vivir la vida! …” , dice el monstruo.
Edelmiro mira dando vuelta las tres cuartas partes de su cabeza mostrando hacia todas las paredes del cuarto su desconfiada cara, frunce el ceño y escucha…
“… Y excusándose en el CARPE DIEM, sociedad se embriaga con estrés, drogas, alcohol, locura, sexo, dinero, y se descontrola con ese egoísta veneno que es la MUERTE. Sociedad plantea un mundo esclavo de LIBERTAD…”
“¡La vida es hoy!, y hay que vivir la vida por la vida.”, dice sociedad.
Edelmiro mueve su calva de lado a lado convencido de que sociedad no puede obligarlo a vivir por la muerte.
“… Y la gente ignora que aprender a vivir les cuesta la vida…”, dice Edel. Leía, escuchaba música y jugaba ajedrez solo… Hacían ya setenta años.
Y los niños corrían alocados y felices porque ignoraban lo que el monstruo les había preparado.
El partido, iba setecientos millones a uno… , ganaba sociedad.
Y sociedad, trabaja, compra, consume, desecha, trabaja, compra, consume, y se extiende como una ameba con sus pseudópodos hacia todos lados, aleatoriamente.
“… Y excusándose en el carpe diem, se embriaga con consumismo, publicidad, moda europea, política, religión, ideologías, incomunicación, y marchita sus raíces, y corre…”
Y como negando que afuera reina el CAOS del esnobismo y un NEW FOWER POWER, Edelmiro cierra su mano izquierda, como clausurándola y levanta su puño expresando su repudio… Y del polvo depositado se alimenta el retoño de una planta de idea que crece entre sus dedos con toda la energía que se desprende de un beso de encuentro.
A la luz del cálido atardecer, la imagen del sillón blanco con la brillante bocha y el brazo amenazante que parece sostener la energía de la vida cubierta de polvo, se confunde con el entorno al extremo del mimetismo absoluto y la homogeneización del universo todo.
Y tras los muros de esa habitación, juegan los tataranietos de aquellos niños aún engañados de refulgente diligencia, pensamiento y soberbia de STATUS QUO.
“…Y excusándose en el carpe diem, sociedad se embriaga de alimentos sintéticos, electrodomésticos, casas, viajes, psicodelia, psicología, concursos, música, Tv, anorexia, bulimia, obesidad, depresión, injusticia, derechos humanos, guerras, revolución, economía, amor… Y va por ahí abrazando o golpeando a su prójimo desesperado de vivir en un mundo con husos horarios, historia y por venir…”
“…La gente ignora que aprender a vivir les cuesta la vida, y marchita su tallo, y corre…”, continuó Edelmiro.
Y los siglos caían sobre la sala como la piel descamada que forma el polvo, comparada su cantidad a los granos de arena en el desierto o esas estrellas de púrpura percepción.
El cielo morado, ya no le permite a sociedad ir a lucir sus bíceps a Mallorca, pero la gente se arregla con realidad virtual y percepción extra sensorial.
Sociedad sigue escarbando mentes y como una gigantesca abeja con la cara de una inocente jovenzuela de quince años, se alimenta del brazo de Edelmiro marchitando también el último retoño, la última semilla, el último fruto de desazón y meditación.
En un intento de expresión desesperado, como el panadero que intenta asegurar su descendencia, Edelmiro recuerda aquel episodio en el que los hombres alados verde-azulados, intentan despegar contra el violáceo viento, para cruzar el abismo y escapar al otro lado… Pero recuerda, son alcanzados por las largas tijeras plateadas de brillante filo y caen en manos de sociedad perdiendo sus plumas anaranjadas y desarrollando unos pesados pies talla cuarenta y tres… Es horrible el momento en que caen y tras ser golpeados en sus nalgas, abren los ojos tildados de dolor y la luz los ciega de por vida.
La reflexión le da energías, y “excusándose en el carpe diem, sociedad se embriaga de endiablada victoria…”
Edelmiro rompe entonces los ligamentos que atan su trasero al sillón, extiende sus alas en un esfuerzo sobrehumano, las bate con energía y antes de despegar, en un vacilante segundo de humanidad se dice:
-¡Edelmiro!- Hacia adentro.
Una luz estremecedora, absorbe su figura de líneas confusas como las de una ave empantanada, hacia el entorno cual una ultra-aspiradora sin su bolsa colectora…
Sociedad ríe, hilarante de egocentrismo irracional y “excusándose en el carpe diem, se justifica y defiende su postura…”
Edelmiro es ahora un ente despreocupado, un entorno de polvo, moho y nada; que jamás terminó el partido de ajedrez, jamás puso en práctica ninguna jugada, jamás empezó nada, jamás se jugó por nada, que mire hacia donde mire solo se ve a sí mismo. Solo ve Edelmiro, o no ve nada…
Sociedad hace mate en tres jugadas y Edelmiro no tiene brazos para contestar… Entonces se abstrae a una mente cerrada cual un capullo en formol o una bacteria encriptada.
“… Y la gente ignora, que día a día luchan por vivir, preocupándose por lo material sin saber que aprender a vivir les cuesta la vida; mas cuestionar la vida les quita la posibilidad de aprender a vivir…”, dice con un tono de resignación jamás oído por nadie.
Ahora, ve a los chicos… Edelmiro ve a los chicos que juegan engañados de sociedad y ya no se le cae una lágrima en pos de sus angustias futuras… Se les acerca, les sonríe y pide por sociedad…
-¿Puedo jugar en tu vereda?, ¿me dejas ser de tu banda?, ¿queres salir conmigo?, ¿bailas?, ¿me prestas el coche papá?, ¡mande patrón!, ¡yo no lo voté!, ¿chicos, van a Sobremonte?, ¿de qué cuadro sos?, ¿Cómo se llama?, ¿dónde vive?, ¿usted quién es?-
Y desde el otro lado, escribe su alegato que habrá durado un instante, la eternidad, nada…
Una brillante calva sobresalía cual el último huevo tras la puerta de la heladera por sobre el mullido respaldo de un sillón blanco. 22/10/94
16:32hs
by Matt
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